Serie: Flores Imaginarias no. 63

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Martes de corazón

ABECEDARIO (7)


 

La red y yo

Mi vida era un camino sin salida, mirando a la gente pasar, agendando reuniones y contestando mails de la gente para no dejar nada atrás.

Hasta que un día ella apareció, sutil, sin hacer mucho alboroto, pero pavoneándose como si fuera la estrella del lugar… LA RED.

Al principio sentí miedo, sobre todo porque me dijo que yo era responsable de su accionar, que a partir de ese momento sólo hablaría a través de lo que yo le dijera… que no tendría contenido sin que yo la alimente.

¿Con quién hablar? ¿A quién buscar? ¿Dónde encontraría su comida para que no se quedara callada más de 24 hs seguidas?

La desesperación se apoderó de mí, nunca tuve una responsabilidad semejante, nunca tuve un papel tan cercano al escenario cibernético del mundo y representando las voces de una institución de este estilo.

Calmate me decía, vos podés hacerlo, estás en condiciones de afrontar una tarea de gran envergadura -para vos, G.G.-, pero nada hacía desaparecer el estrés de esta nueva actividad.

Hasta que vislumbré mi futuro, tomando las riendas de la expresión, de la información y su correspondiente comunicación, apoyándome en gente que ya no sólo pasaba, sino que me ayudaba a generar contenido y que discutía cuál era la mejor forma de hacerlo… sin tanta soledad.

Y partir de ahí entendí, que las cosas no pasan porque sí, sino porque tenía las capacidades necesarias para hacerlo y que la vida no me había puesto ahí, yo había puesto ahí a mi vida… que la red y yo seríamos grandes amigas.

Andrés G. Pérez Ruffa


 

Serie: Common Sense

Common Sense BIS


 

Martes de corazón

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Pies alados

Le presté atención cuando me dijo que una persona puede caminar (promedio) diez mil pasos por día. Me conquistó cuando me dijo que no existen los límites y que todo es posible con nuestra imaginación.

Él es de otro planeta. Es lo más. Es un mensajero de los dioses y tiene un corazón inmenso.

Hace muy poco se cortó el pelo. Siempre lo tuvo largo hasta la cintura y tocar su cabellera sedosa siempre fue muy relajante.

Es alto cuando se pone de pie. Puede llegar a tocar las nubes con la punta de la nariz y me parece fascinante.

Sus pies son alados, sobresalen de los costados de sus tobillos pequeñas alas.

Tiene en el talón derecho, en la cara externa, un pequeño tatuaje que es la figura de una libélula. Me dijo que significa buena fortuna y también expresa sobreponerse a las adversidades cuando creemos que lo hemos perdido todo.

Registra el tiempo de otra manera, en días celestiales. Viaja a velocidades insospechadas y tiene el don de saber qué siento a cada segundo.

Habla de distintas vías lácteas, de colores y criaturas que me encantarían conocer. Me cuenta de sus viajes a otras constelaciones y sobre los tipos de atmósferas que hay en los distintos planetas.

Describe planetas en forma de diamantes. Planetas de aromas que no puedo imaginar y planetas llenos de cráteres causados por la continua caída de meteoritos. Dice que al pisar estos grandes agujeros suena una melodía tan armoniosa que hipnotiza.

También me contó que visitó el planeta al que pertenezco y me prometió que me va a llevar a conocerlo uno de estos días.

Ir a la luna para él es un hecho tan cotidiano como para mí ir al cine. La primera vez que salimos me invitó a una de sus expediciones espaciales que hace todos los mediodías. Vimos el planeta tierra desde el rincón que más le gusta y desde ahí disfrutamos varios eclipses amenizado por el calor que irradia el sol.

Le encantan los sombreros y además le quedan preciosos. Como es de buen carácter y tan afectuoso, los dioses que gobiernan los distintos cielos se los regalan de distintas texturas porque simbolizan protección en los viajes, prudencia y buena salud.

Me dijo que por sus capacidades innatas trabaja de mensajero y que no le molesta. Que de esa manera camufla sus poderes mágicos.

Ayer me pide que le corte las uñas de los pies y yo accedo. Agarro mi mejor alicate y le pido que primero suba el pie izquierdo a mi regazo.

Contemplo sus dedos y los beso con dulzura a cada uno de ellos. Sus pies son talla número cuarenta y cuatro, son suaves al tacto, sin callosidades.

Cuando me dispongo a cortar las uñas temo hacerlo mal. Él me calma y me dice que no me preocupe, que confía en mí.

Me dice que los pies no solo llevan toda la carga de nuestro cuerpo sino que son ellos los que nos llevan hacia adelante y nos hacen caminar. Me dice que conmigo vuela de amor.

-♥-


Serie: flores imaginarias no. 5

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