De Tinder a Whatsapp

Bueno, respondo tus preguntas:

– ¿Qué voy hacer de divertido ésta semana?
Hacerme un tratamiento de Keratina en el pelo

– ¿Cuántas veces  me cepillo los dientes al día?
De 0 a 3 veces

– ¿A qué le temo?
A la perfección

– ¿Qué hago cuando tengo insomnio?
Me masturbo

– ¿Qué hago cuando estoy nerviosa?
Como

– ¿Qué hago cuando estoy feliz?
Como

– ¿Qué hago cuando me siento sola?
Como

– ¿Qué extraño?
Los abrazos de mi abuela

– ¿Que niego?
Mi paranoia

– ¿Si pido disculpas?
Casi nunca

– ¿Si creo que la misma persona es capaz de generarse enfermedades?
Obvio que si

-¿Si les digo que los amo a mis familiares?
No

-¿Qué consejo te diría?
Cuestioná todo

– ¿Con qué ropa duermo?
Con la que usé todo el día

-¿Lo primero que hago al llegar a mi casa?
Ir al baño y mirar Instagram

-♥-


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Mutar

yinyang


 

Avant

No gano el concurso del Fondo Nacional de las Artes.

Me acuesto tarde.

Es lunes.

Me levanto temprano.

Me pregunto qué va a pasar hoy.

Soñé.

Recuerdo remover un caldo espeso de una olla gigante llena de pescados, un gato negro, ojos y caracoles.

No paraba de revolver.

De pronto aparece una vieja. Le pregunto cuándo iba a inaugurar su restaurant para gente con problemas de estreñimiento.

Vuelvo a mirar el caldo de la olla y ahora es agua cristalina.

Después me cuenta ella lo que soñó.

Se acuerda que fueron tres sueños.

Me cuenta el primero y el tercero.

El del medio no, no lo recuerda.

En un sueño ella jugaba al tenis. En vez de tener una raqueta en la mano tiene los papeles que entregó para pedir un subsidio de arte.

En el otro sueño ella se compra una bikini amarilla para usar en la pista de esquí francesa Courchevel.

Más tarde él me cuenta que los pañales no son un detalle. Me promete que me llamará pronto sin embargo, no le creo.

Ella inventa artesanías los fines de semana. Dice que se aburre del marido, de sus hijos y del trabajo más seguido de lo que quiere.

A vos te digo que te extraño. Te tiro besos al aire. Te digo que estás radiante. Que podés sellar mi piel las veces que quieras.

Se va.

En seguida me escribe por whatsapp  que estoy hermosa.

A aquél otro le digo que está muy pálido, que necesita broncearse en la playa urgentemente.

Él me confiesa que ninguno de los dos conoce de relaciones sanas.

Me defiendo. Le digo que siempre hay una posibilidad de modificar algo.

Él prefiere la verdad antes que cualquier otra cosa.

A ella le digo que es difícil romper patrones emocionales. Uno siempre repite. Le escribo en su cuaderno: la repetición, divina gloria!

Una mujer más grande que yo escucha mi conversación con un tercero e interrumpe. Me dice que después del almuerzo tenemos que hablar.


 

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Su rabia

Él me dice que, teniendo treinta y tres años, se encuentra en una segunda etapa vital. Que lo mejor de su vida ya pasó. Que no cree que  llegue a los sesenta años.

Yo no puedo respirar muy bien y en dejar de pensar en la peli Los jóvenes viejos de Rodolfo Kuhn, sí o sí la tiene que ver.

Me cuenta todo esto en una parrilla de barrio llena de familias tipo y parejas que quieren comer abundante y barato un sábado a la noche.

Esa parrilla es la misma en la que tuve una inesperada confesión de una amiga. Es el mismo lugar que le describí, en un intercambio artístico, a un amor maravilloso. Hace poco tiempo atrás, esa parrilla era el último paraíso terrenal que permitía fumar y comer. Actualmente cambió.

Ahora, se encuentra lejos de esos espacios-tiempos y escucho el relato de él, de su rabia, mientras sumerjo continuamente, varias rodajas de pan en salsa criolla o en el chimichurri.

Siento su necesidad de hacer el descargo de toda la mierda que se impregnó durante la semana.

No quiero decirle lo que realmente pienso. No es el lugar adecuado y tampoco siento que esté disponible para registrar algo por fuera de sus voces.

En un momento quise distraer la conversación. Le quise contar algo que me había pasado el jueves por la mañana pero no logro contarle la situación patética de ver a un policía irresoluto en su violencia frente a una situación doméstica, de esas que pasamos cuando éramos chicos.

Le pregunto si piensa suicidarse. Me dice que no pero que se siente cansado de todo.

Pedimos una cerveza más.

Mientras tanto, me cuenta situaciones del trabajo que tiene que soportar todos los días. Lo mismo de siempre, pendejos competidores por puestos laborales precarios y sus jefes, mediocres merqueros, sobresaturados de pastillas contra la ansiedad.

Siento el peso semántico de las palabras que usa en su relato y la manera en cómo las acentúa. Está lleno de ansiedad y de tristeza por no encontrar un poco de paz interior.

Me dice que no le importa tener un trabajo estable pero que lo necesita para poder hacer otras cosas.

Que sueña estar tirado en una playa o nadar en una pileta. Y que es muy probable que al sol pueda encontrar un poco de tranquilidad, pero falta mucho para que eso suceda.

Hablamos de nuestra familia y lo desmembrada que se encuentra mientras pedíamos postre.

Un poco más tarde, le agradecí la salida mientras daban sala de la función trasnoche.

Sin duda, lo que más disfruté del espectáculo fue escuchar su adorable risa en la butaca de al lado.

-♥-


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