Baño de mujeres

Entro al baño de mujeres.

La mesada del baño es de granito rojo y negro, la bacha de acero inoxidable está empotrada en la mesada y brilla desmedidamente. Hay una canilla monocomando cerrada y en la pared hay un gran espejo sin marco, casi de cuerpo entero. Veo mi imagen reflejada en él.

Alguien aparece. Es más alto que yo. Una sombra robusta que me envuelve. No me acuerdo su rostro pero me es familiar.

Tengo el pelo atado, una cola de caballo bien alta.

Soy de fácil agarre y me manipula hasta dejarme rápidamente inmovilizada.

Los movimientos fueron seguros y precisos.

No me escapo, no grito, no lloro.

Tengo un brazo alrededor de mi cuello. Hace que me mire así de indefensa frente al espejo.

Me miro un rato largo en esa situación. No me dijo nada, no hacía falta.

Y con mucha fuerza golpea mi nariz contra el frío filo de la mesada granito rojo y negro.

Una, dos, cuatro veces.

Entre cada golpe seco me veo al espejo. Mi nariz se deforma hasta quedar destrozada. Se ensancha y se desangra.

No siento nada.

Salgo del baño de mujeres, vuelvo a mi oficina, me siento frente a la computadora y continúo con mi rutina laboral.

-♥-


 

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La red y yo

Mi vida era un camino sin salida, mirando a la gente pasar, agendando reuniones y contestando mails de la gente para no dejar nada atrás.

Hasta que un día ella apareció, sutil, sin hacer mucho alboroto, pero pavoneándose como si fuera la estrella del lugar… LA RED.

Al principio sentí miedo, sobre todo porque me dijo que yo era responsable de su accionar, que a partir de ese momento sólo hablaría a través de lo que yo le dijera… que no tendría contenido sin que yo la alimente.

¿Con quién hablar? ¿A quién buscar? ¿Dónde encontraría su comida para que no se quedara callada más de 24 hs seguidas?

La desesperación se apoderó de mí, nunca tuve una responsabilidad semejante, nunca tuve un papel tan cercano al escenario cibernético del mundo y representando las voces de una institución de este estilo.

Calmate me decía, vos podés hacerlo, estás en condiciones de afrontar una tarea de gran envergadura -para vos, G.G.-, pero nada hacía desaparecer el estrés de esta nueva actividad.

Hasta que vislumbré mi futuro, tomando las riendas de la expresión, de la información y su correspondiente comunicación, apoyándome en gente que ya no sólo pasaba, sino que me ayudaba a generar contenido y que discutía cuál era la mejor forma de hacerlo… sin tanta soledad.

Y partir de ahí entendí, que las cosas no pasan porque sí, sino porque tenía las capacidades necesarias para hacerlo y que la vida no me había puesto ahí, yo había puesto ahí a mi vida… que la red y yo seríamos grandes amigas.

Andrés G. Pérez Ruffa


 

Martes de corazón

ABECEDARIO (2)


 

Carta de amor

Ma tres chere, mi querida Alienación:

Esta es la primera carta que intento escribirte.

Ya comienza a instalarse el calor. Se inaugura la temporada de sandalias y la búsqueda de calzado apropiado para soportar altas temperaturas. Es la época en que los agapanthus brotados empiecen a florecer y vos te instalas cada vez más en mi potente cotidianidad.

Ayer, domingo por la tarde, estuviste presente todo el tiempo. Te sentí besándome la nuca apasionadamente. Y vos sabés que muero de amor cuando me estrujas todos los rollos de la panza y de la espalda. Siento vergüenza y un descaro amoroso de tu parte cuando apretás mis brazos blancos y flácidos.

Te deseo cada vez que me mirás como una mercancía. Si, lo sé. Sé que lo que más te gusta es mi fuerza de trabajo. Que te encanta que trabaje horas extras y no pida días de estudio o falte por días de enfermedad.

Te fascina que cubra los gastos de viáticos hasta la oficina, que pague mi café de media mañana y que en el horario del almuerzo coma frente al monitor de la computadora, respondiendo mails, sin desperdiciar el tiempo viendo Facebook, comentando en Twitter o chequeando mi Instagram.

No te pongas celosa si no respondo rápido el whatsapp, no lo hago a propósito, sino que a veces quiero ir al baño sin el celular. Haceme un lugarcito en vos, no me dejes afuera.

Te prometo que voy a ganar más plata para que podamos vivir en las comodidades que nos merecemos.

Te amo proletariamente.

Pd. Te lo vuelvo a repetir, pronto vamos a quemar toda la guita que ahorré del aguinaldo de julio. Quiero que cambiemos el modelo del auto.

-♥-


 

Despojo

Un día, hace dos años atrás, me desperté con la certeza de que debía vivir con lo mínimo e indispensable. Necesitaba despojarme de todo lo material acumulado que tenía.

Debía liberarme de casi todos los utensilios de cocina regalados, prestados y comprados que tenía desde que me independicé de la casa de mi madre.

Debía regalar todos los libros obsequiados por mis amantes, tenía que prender fuego todas las fotos en las cuales me sentía gorda -todas desde los once años en adelante-, correspondía que reciclara todos los apuntes y las fotocopias de libros que nunca leí, y que tenía en mi biblioteca como objetos de decoración de un conocimiento que nunca me ha sido revelado.

Era menester que donara toda la ropa que mis amigas me habían entregado, ya sea porque les quedaba ajustada o enorme.  

Era una obligación dejar de creer en conceptos que están vacíos de contenido ya sean: familia, felicidad, estado, nación o propiedad privada.

Mi certeza de vivir con lo mínimo e indispensable llegó a mi cotidiano. A mi alimentación, a la ingesta escasa de alimentos y líquidos. La situación ameritaba realizar movimientos lentos, apenas interactuar con las personas que me rodean y dejar de creer en ellos como referentes adultos.  

En un momento dejé de sentir, de pensar, de accionar y me convertí en un adulto cualquiera.

-♥-


Serie: Common Sense

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Anochece

Anochece y me opongo.

El bullicio permanente de todo, aminora el paso.

La mayoría de mis vecinos trabajadores volvieron a sus casas. Lo sé porque puedo ver las distintas luces que se escapan por sus ventanas.

Mis vecinos, los más gerontes, ya tiraron la basura y ya se han inducido a un sueño poderoso a través de los fármacos de moda.

Yo, sin embargo, ni siquiera sé muy bien qué estoy haciendo.

Me cambio la ropa, cosa que detesto y  pienso desordenadamente.

Y desapruebo todo.

Desapruebo mi escritura,

censuro mis dibujos,

condeno mi percepción,

principalmente a mi cuerpo.

A mi cuerpo actual lo abrumo pero no con tanta fuerza.

Ya no lo aturdo para que encaje en los talles de ropa de marca.

Quizás mi cuerpo de alguna manera quiso dejar de complacer a los demás.

Condeno a mis palabras. A las que digo, aquellas que  forzadamente callé y a todas las que vendrán.

Reprocho la forma en la que dejo pasar el tiempo.

La cotidianidad me toma por detrás. Me abraza y me muerde el cuello como siempre lo esperé.

Me siento sola pero no tanto.

Respiro mucho más seguido y más decidida.

Dejé de pensar en el cigarrillo como placebo. Ahora son las series de Netflix que me provocan un efecto positivo por un determinado tiempo.

Mi alma no la conozco pero tengo miedo de negarla.

-♥-