Gesto comunicacional

Mi papá no me saluda en la calle.

Nos cruzamos, llevaba una bolsa blanca de esas que se compran en los supermercados chinos en la mano izquierda, me miró pero no me saludó.

Me crucé, en la esquina donde vivo, a mi prima tan querida, con la que pasamos infinitos cumpleaños durante esa infancia de abundante ignorancia y no nos saludamos.

Coincidimos en subir las escaleras principales de mi trabajo con mi gran compañera laboral, con la que compartimos la cotidianidad más mundana y necesaria, y ni siquiera nos dirigimos la palabra.

Me mira mi novio a la distancia, le grito y le hago señas, me ve pero ingresa a su departamento.

Mi jefe, el portero de mi casa, mi mamá, mi hermano más chico, mi terapeuta, mi vecina de enfrente, mi abuela materna ya difunta y mi cuñada me ven, me cruzo con ellos, coincidimos en mismos espacios pero ninguno realiza un gesto, un acto comunicacional, para hacerse notar.

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Día Internacional de la Mujer

Día de la mujer


 

La espera sin desesperar

Todo empezó tomando la merienda en el lugar favorito de los dos.

Él, tan caballero, me cedió el banquito más ancho para que pueda sentarme cómodamente.

En ese momento, mira el cielo y me cuenta que le encantaría volar.

Yo lo escucho sin interrumpirlo. Mientras, termino de prepararle el té negro como le gusta a él, bien cargado, con dos saquitos.

Me acerco hacia donde está sentado. Le acaricio la nuca con la mano libre y con la otra le alcanzo la taza de té.

Espera que me siente a su lado y espera que le cuente el secreto de la pareja, para mí, la más feliz de todos mis amigos.

Le comento que ellos actualizan su acuerdo de amor cada dos años desde hace diez años.

Viven juntos y se citan para tomar una cerveza en el bar más antiguo de Ramos Mejía. Una vez que se encuentran ahí evalúan si lograron concretar los objetivos personales de cada uno y los proyectos que pautaron juntos y vuelven a renovar votos de compañeros de ruta.

Termino de contarle que ellos me advirtieron que los idealizo y que deje de hacer eso.

Hoy me pregunta si me gusta como me besa. Le contesto que sus besos son mejores que ayer y que los de mañana serán aún mejores pero me quedo con los que me entrega ahora.

También me pregunta cuál es mi color preferido y la estación del año que más me gusta. Le contesto que el color negro es mi favorito y que quizás elija el verano como época del año que más me fascina, justamente esos días en los que el calor es incendio en mi piel y me cuesta respirar.

Se queda callado y aprovecho para contarle mis incomodidades cotidianas. Él me escucha y me dice que le encanta quedarse a dormir los domingos en casa y recibir los lunes burbujas juntos.

Pactamos que una vez a la semana debemos jugar al carnaval en el baño de casa con la espuma de afeitar que él trajo.

Después le digo que nunca había lavado la ropa interior de ningún amante y que vivo muchas primeras veces con él.

También le pido que deje de leer mis relatos del blog por un tiempo. Le agradezco y lo beso.

Termina el día. Él me pregunta si me acuerdo lo que soñé. Le digo que lo último que soñé fue plantar una flor en un arenero de una plaza, después caía a una pileta sin fondo y una colonia de termitas derribaban mi cuerpo.

Él me dijo convencido que éste año le depara trabajar sobre la espera, sin desesperar.

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Parte desamparada

Se avecinan las fiestas, los plazos, la familia y las despedidas.

Otra semana más que no duermo.

Voy al shopping a cambiar un regalo espantoso.

Veo cantidades de vidrieras con precios descarados sobre objetos seriados.

En la puerta hay gente que se cayó del sistema, que se derrumbó sobre el suelo, entre cartones. Veo a un tipo con un perro. Los dos están echados. La gente los mira. Pasan al lado de ellos cargados de bolsas de ropa y carteras de cuero.

¿Qué pasa con la gente que se cae del sistema?

Después de habernos terminado de usar una caja de forros le confieso que todos los días, cuando voy al trabajo, veo una de mis partes desamparadas.

Le cuento que me reconozco en el tipo fragmentado que está parado en una esquina desde hace tres meses. Está inalterable, como si esperara que suceda algo o esperara el encuentro con alguien.

Le explico que tengo capacidad de registro emocional aunque me cuesta hacerme cargo de él.

Al principio, esta estructura desconsolada me inquietaba hasta angustiarme. Hoy ya no me pasa eso pero todavía no he tenido el valor necesario para hacer algo al respecto.

Ansío verlo todos los días y me permito saludarlo en voz baja desde la ventanilla del bondi.

Reconozco sus pertenencias. Lleva siempre una mochila escolar rosa y violeta (creo que tiene el rostro incrustado de alguna de las princesas actuales de Disney) y también lo acompaña  una botella de Coca Cola no retornable con agua.

Cada día que pasa lo veo más escuálido, más fantasmagórico, más percudido por esta sociedad roñosa.

Ya tiene una barba rubia prominente de semanas y unos ojos claros llenos de tormentos. Su piel se deja entrever dorada pero está ennegrecida.

Sus jeans están ajados a la altura de la rodilla, calculo que eso es lo menos estropeado que dispone.

Todo esto le cuento a él que me mira a los ojos y con un gesto amorosamente delicado aparta un mechón de mi flequillo de la cara para verme mejor.

Y es que él tiene lo mejor de los dos tipos de pibes que me gustan. Por decirlo así, él tiene lo mejor de la línea Pepsi  y de Coca. No ejerce ninguna profesión relativa con el mundo artístico sin embargo es muy sensible y lo sabe.

Compartimos muchas risas, una cotidianidad poco experimentada y casi que mis amantes antiguos se transforman en hermosos recuerdos de un pasado muy lejano. Es como si fuera a la vez una Paso de los Toros Pomelo bien helada y una Sprite Zero con hielo y limón que me saca la sed y no empalaga.

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Modos de naufragio

Naufrago hace milenios.

Arrojo al mar gritos de auxilio dentro de botellas de vidrio que nadie escucha. Envío lágrimas por correo postal que ningún pañuelo contiene. Mando besos en forma de señales de humo casi imperceptibles y remito deseos amorosos por textos de blog.

Todos ellos los dirijo sin saber el destino o si tendrán respuestas. Lo incierto, la espera y el encuentro son los motores de aventura que elijo hoy para transformar mi energía vital.

El gesto de lanzarme hacia la inmensa nada o el descomunal todo, es el juego que establezco con mi propia incertidumbre. Mido mis propios tiempos entre esperanzas y frustraciones cuando tengo noticias sobre un otro.

Saber que hay un receptor sagrado del otro lado que intenta establecer algún tipo de vínculo a través del arbitrario sistema compartido llamado lenguaje, es un milagro.

Esta semana me confiesa que lee mi blog desde hace un rato. Me dijo que leyó un relato en el que se reconoció.

Le digo que ese efecto de identificación es producto del azar. Luego me dice: siempre supe que te gustaba.

Sonrío de vergüenza, estoy al descubierto.

Hay tensión en el ambiente. Quiero besarlo.

Entonces le confieso que la imagen que construí sobre él fue mi musa inspiradora. Le digo esto para intentar (en vano) disimular mi desnudez. Le detallo que escribo a partir de lo cotidiano. Que un estímulo aparece y empieza a modificarse hasta concretarse de alguna forma.

Surgen besos dóciles y ruidosos.

La noche y el día se confunden, se hacen eternas.

No se lo digo pero me pienso como una Flor de Loto contradictoria. Estoy cerrada, como símbolo de toda posibilidad y promesa infinita. Sin embargo, deseo resplandecer abierta en este universo.

Esta planta acuática sagrada para las creencias orientales florece en circunstancias de mierda. Me presento ante él en varios colores e intento desplegar mi belleza como puedo.

Primero soy Flor de Loto Azul. Intento ser espíritu por encima de los sentidos, con recelo de mostrar mi interior.

Después, Flor de Loto Blanco. Me presento en ocho pétalos e intento existir en un estado de pureza y de naturaleza nítida.

Luego me permito ser Flor de Loto Rojo, le muestro mi torpe inocencia en el afecto.

Por último, me siento Flor de Loto Rosa, especial e importante entre todas las demás.

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Ciclo femenino