Un hombre

Un hombre con lentes de marcos gruesos y oscuros  me recomienda un libro sobre el concepto de lo íntimo.

Le pregunto la definición precisa de ese concepto y me dice, muy vagamente, que es aquello que no se puede definir por lo verbal, aquello que deviene del campo de lo gestual.

Lo íntimo como lo diferente a lo privado. Esos pequeños movimientos que encierran algo muy personal y que el ojo ajeno (si no está entrenado) no lo capta, no lo percibe como un signo, lo pasa por delante.

Desde aquel encuentro rastreo signos de lo íntimo por donde vaya, todos los días. Quiero creer que reconocí algunos, los que me afectaron, los que recuerdo, los que configuran mi estar siendo.

Vi un hocico redondo, perfecto y húmedo de un perro en una mañana fría.

Rocé contra una mano izquierda ajada y tatuada de una chica que subió en la parada del colectivo del Hospital Posadas.

Comprobé que mi familia, en su silencio cómplice, grita descontento y soledad.

Me estremecí al ver que la ideología se transforma en Todo Moda.

Sospeché que el problema era mucho más delicado que un accidente en auto.

Oí a un hombre de 92 años que quiere vivir hasta los 110 años, solo para pasar el récord de su madre que vivió hasta los 106 años.

Me acerqué a su escritorio y ella me mostró orgullosa las fotos del nacimiento de su hijo prematuro y entubado.

Lamenté como unos hermanos se escudan detrás de adicciones, con tal de no enfrentar a sus padres.

Reconocí aquello que dije nunca más y lo vuelvo hacer.

Me conmoví cuando descubrió un anhelo de mi adolescencia.

Y me entristecí al despedirme y al saber que crecer, ineludiblemente, duele.

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Emociones

A veces, un shock de emociones me dejan sin habla. Se me va la voz y siempre el estrés lo manifiesto en mocos. Le contaba esto a la depiladora  mientras me pidió que abriera bien las piernas y me quede flojita para pasarme cera en el cavado.

Cualquier persona que se depila con el sistema Español sabe de qué estoy hablando. La depilación es incómoda, es un sufrimiento, es una condena donde el sexo, la intimidad y el pudor de una se juegan en esa media o una hora que una está tirada en una camilla.

Las charlas con las depiladoras que se encuentran en plena faena de pelos varían según los astros, la época del año, el humor, el horario del día y el azar. Los temas de la conversación oscilan entre una charla trivial hasta la más privada confesión.

Últimamente tengo una seguidilla de situaciones que no me las espero. Tres depiladoras en distintos momentos me comentan lo que les preocupa y puedo decir que la realidad aparece de un tirón, en el mismo momento que desaparece el vello de mi pelvis.

Emilia, la primera de ellas me comenta sobre su hermana. Todos los detalles de una chica desesperada porque la dejó su marido con mellizos de menos de un año, con tres perros, sin trabajo y un inminente desalojo de la casa. Emilia termina confesándome que quizás la hermana siempre estuvo envidiosa porque su pareja (con su marido recién difunto) era perfecta.

La segunda de ellas es pelirroja. Creo que se llama Viviana pero no recuerdo. Siempre hablamos de viajes, de sus hijos y de su fracaso matrimonial. Hay algo que se repite, las depiladoras eligen pésimo a los hombres porque siempre las abandonan y ellas sostienen todo. Por suerte hay final feliz, hasta lo último que yo sé, conoció a un señor  muy simpático en clases de baile de rock.

La última de ellas es la primera vez que me atiende. Me comenta que su hija no le “dio trabajo” durante la Secundaria pero que ahora sí porque no estudia, no trabaja y se la pasa todo el tiempo con el noviecito. Me cuenta esto pero en verdad lo que le preocupa es la culpa por atender a otro de sus hijos que es esquizofrénico y que siempre estuvo detrás de él y no de su hija.

Mientras la depiladora busca más cera para terminar el trabajo en la parte trasera de mis piernas, escucho una conversación entre Emilia y una viejita. Ésta última hace su confesión. Cuenta que tuvo cuatro hijos pero que uno falleció. Me quedé paralizada mientras la viejita narraba la trágica historia. Su manera de relatar era tan simple, dulce y serena que pude sentir el interminable dolor de una madre al perder a un hijo.

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Sur de Bolivia

  • ¿De dónde vengo?

Del sur de Bolivia.

Veo atardeceres desde el aire, amanezco sobre rocas que me contienen del susurro del viento nocturno.

Tengo la cara reseca y los labios partidos por estar a la intemperie durante largas caminatas diarias.

  • ¿Dónde estoy?

En fin del mundo.

Me rodean compañeros de ruta, amigos y vecinos de la misma aldea de vidas pasadas.

  • ¿Qué me preocupa?

Lo que voy a soñar esta noche.

Puede ser algo maravilloso y sorprendente como haberme cruzado en una esquina a mi amor sin haberlo planeado. O quizás soñar con la vieja paralítica de ojos desorbitados y el hombre adulto desvencijado que apenas puede trasladar semejante silla de ruedas con la mujer de ojos exagerados.

  • ¿En qué me comparo?

En lo emocional.

No quiero terminar borracha con mi marido en mi casamiento y ver mi alrededor carente de afecto.

  • ¿Qué extraño?

Sus caricias y su forma de arroparme.

También que me pregunte qué quiero almorzar cuando iba de visita.

  • ¿Por qué la escucho?

Por compasión.

Porque me siento reflejada en esos espacios de desesperación. Por inquietud, porque no quiero olvidarme de dónde vengo, del sur de Bolivia.

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