Sábado texturado

SABADOS TEXTURADOS BIS (3)


 

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Emociones

A veces, un shock de emociones me dejan sin habla. Se me va la voz y siempre el estrés lo manifiesto en mocos. Le contaba esto a la depiladora  mientras me pidió que abriera bien las piernas y me quede flojita para pasarme cera en el cavado.

Cualquier persona que se depila con el sistema Español sabe de qué estoy hablando. La depilación es incómoda, es un sufrimiento, es una condena donde el sexo, la intimidad y el pudor de una se juegan en esa media o una hora que una está tirada en una camilla.

Las charlas con las depiladoras que se encuentran en plena faena de pelos varían según los astros, la época del año, el humor, el horario del día y el azar. Los temas de la conversación oscilan entre una charla trivial hasta la más privada confesión.

Últimamente tengo una seguidilla de situaciones que no me las espero. Tres depiladoras en distintos momentos me comentan lo que les preocupa y puedo decir que la realidad aparece de un tirón, en el mismo momento que desaparece el vello de mi pelvis.

Emilia, la primera de ellas me comenta sobre su hermana. Todos los detalles de una chica desesperada porque la dejó su marido con mellizos de menos de un año, con tres perros, sin trabajo y un inminente desalojo de la casa. Emilia termina confesándome que quizás la hermana siempre estuvo envidiosa porque su pareja (con su marido recién difunto) era perfecta.

La segunda de ellas es pelirroja. Creo que se llama Viviana pero no recuerdo. Siempre hablamos de viajes, de sus hijos y de su fracaso matrimonial. Hay algo que se repite, las depiladoras eligen pésimo a los hombres porque siempre las abandonan y ellas sostienen todo. Por suerte hay final feliz, hasta lo último que yo sé, conoció a un señor  muy simpático en clases de baile de rock.

La última de ellas es la primera vez que me atiende. Me comenta que su hija no le “dio trabajo” durante la Secundaria pero que ahora sí porque no estudia, no trabaja y se la pasa todo el tiempo con el noviecito. Me cuenta esto pero en verdad lo que le preocupa es la culpa por atender a otro de sus hijos que es esquizofrénico y que siempre estuvo detrás de él y no de su hija.

Mientras la depiladora busca más cera para terminar el trabajo en la parte trasera de mis piernas, escucho una conversación entre Emilia y una viejita. Ésta última hace su confesión. Cuenta que tuvo cuatro hijos pero que uno falleció. Me quedé paralizada mientras la viejita narraba la trágica historia. Su manera de relatar era tan simple, dulce y serena que pude sentir el interminable dolor de una madre al perder a un hijo.

-♥-


Sábado texturado

SABADOS TEXTURADOS (1)


 

A lo sumo

A lo sumo pasaron cuatro años.

Me repito, sin saberlo, hasta que lo compruebo.

No encuentro el texto que debo leer para un examen oral. 

Lo perdí.

Lo vuelvo a comprar. 

Lo vuelvo a leer. 

Otra vez subrayo los mismos renglones, donde se cita a Mallarmé.

Me reitero  y dibujo en el borde de las fotocopias un corazón (me apropié del código de Martina para destacar citas adorables pero que poco tienen que ver con las ideas principales del texto para dar una exposición oral).

El poeta y crítico Francés vinculado a la previa de las Vanguardias Históricas del S. XIX expresó que era más interesante que la prensa destaque los sueños de cada habitante de París, que acontecimientos políticos. Creo que por ahí va la cosa.


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Sur de Bolivia

  • ¿De dónde vengo?

Del sur de Bolivia.

Veo atardeceres desde el aire, amanezco sobre rocas que me contienen del susurro del viento nocturno.

Tengo la cara reseca y los labios partidos por estar a la intemperie durante largas caminatas diarias.

  • ¿Dónde estoy?

En fin del mundo.

Me rodean compañeros de ruta, amigos y vecinos de la misma aldea de vidas pasadas.

  • ¿Qué me preocupa?

Lo que voy a soñar esta noche.

Puede ser algo maravilloso y sorprendente como haberme cruzado en una esquina a mi amor sin haberlo planeado. O quizás soñar con la vieja paralítica de ojos desorbitados y el hombre adulto desvencijado que apenas puede trasladar semejante silla de ruedas con la mujer de ojos exagerados.

  • ¿En qué me comparo?

En lo emocional.

No quiero terminar borracha con mi marido en mi casamiento y ver mi alrededor carente de afecto.

  • ¿Qué extraño?

Sus caricias y su forma de arroparme.

También que me pregunte qué quiero almorzar cuando iba de visita.

  • ¿Por qué la escucho?

Por compasión.

Porque me siento reflejada en esos espacios de desesperación. Por inquietud, porque no quiero olvidarme de dónde vengo, del sur de Bolivia.

-♥-


Baño de mujeres

Entro al baño de mujeres.

La mesada del baño es de granito rojo y negro, la bacha de acero inoxidable está empotrada en la mesada y brilla desmedidamente. Hay una canilla monocomando cerrada y en la pared hay un gran espejo sin marco, casi de cuerpo entero. Veo mi imagen reflejada en él.

Alguien aparece. Es más alto que yo. Una sombra robusta que me envuelve. No me acuerdo su rostro pero me es familiar.

Tengo el pelo atado, una cola de caballo bien alta.

Soy de fácil agarre y me manipula hasta dejarme rápidamente inmovilizada.

Los movimientos fueron seguros y precisos.

No me escapo, no grito, no lloro.

Tengo un brazo alrededor de mi cuello. Hace que me mire así de indefensa frente al espejo.

Me miro un rato largo en esa situación. No me dijo nada, no hacía falta.

Y con mucha fuerza golpea mi nariz contra el frío filo de la mesada granito rojo y negro.

Una, dos, cuatro veces.

Entre cada golpe seco me veo al espejo. Mi nariz se deforma hasta quedar destrozada. Se ensancha y se desangra.

No siento nada.

Salgo del baño de mujeres, vuelvo a mi oficina, me siento frente a la computadora y continúo con mi rutina laboral.

-♥-