Sur de Bolivia

  • ¿De dónde vengo?

Del sur de Bolivia.

Veo atardeceres desde el aire, amanezco sobre rocas que me contienen del susurro del viento nocturno.

Tengo la cara reseca y los labios partidos por estar a la intemperie durante largas caminatas diarias.

  • ¿Dónde estoy?

En fin del mundo.

Me rodean compañeros de ruta, amigos y vecinos de la misma aldea de vidas pasadas.

  • ¿Qué me preocupa?

Lo que voy a soñar esta noche.

Puede ser algo maravilloso y sorprendente como haberme cruzado en una esquina a mi amor sin haberlo planeado. O quizás soñar con la vieja paralítica de ojos desorbitados y el hombre adulto desvencijado que apenas puede trasladar semejante silla de ruedas con la mujer de ojos exagerados.

  • ¿En qué me comparo?

En lo emocional.

No quiero terminar borracha con mi marido en mi casamiento y ver mi alrededor carente de afecto.

  • ¿Qué extraño?

Sus caricias y su forma de arroparme.

También que me pregunte qué quiero almorzar cuando iba de visita.

  • ¿Por qué la escucho?

Por compasión.

Porque me siento reflejada en esos espacios de desesperación. Por inquietud, porque no quiero olvidarme de dónde vengo, del sur de Bolivia.

-♥-


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Corazón en ananá

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Miss December

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Su rabia

Él me dice que, teniendo treinta y tres años, se encuentra en una segunda etapa vital. Que lo mejor de su vida ya pasó. Que no cree que  llegue a los sesenta años.

Yo no puedo respirar muy bien y en dejar de pensar en la peli Los jóvenes viejos de Rodolfo Kuhn, sí o sí la tiene que ver.

Me cuenta todo esto en una parrilla de barrio llena de familias tipo y parejas que quieren comer abundante y barato un sábado a la noche.

Esa parrilla es la misma en la que tuve una inesperada confesión de una amiga. Es el mismo lugar que le describí, en un intercambio artístico, a un amor maravilloso. Hace poco tiempo atrás, esa parrilla era el último paraíso terrenal que permitía fumar y comer. Actualmente cambió.

Ahora, se encuentra lejos de esos espacios-tiempos y escucho el relato de él, de su rabia, mientras sumerjo continuamente, varias rodajas de pan en salsa criolla o en el chimichurri.

Siento su necesidad de hacer el descargo de toda la mierda que se impregnó durante la semana.

No quiero decirle lo que realmente pienso. No es el lugar adecuado y tampoco siento que esté disponible para registrar algo por fuera de sus voces.

En un momento quise distraer la conversación. Le quise contar algo que me había pasado el jueves por la mañana pero no logro contarle la situación patética de ver a un policía irresoluto en su violencia frente a una situación doméstica, de esas que pasamos cuando éramos chicos.

Le pregunto si piensa suicidarse. Me dice que no pero que se siente cansado de todo.

Pedimos una cerveza más.

Mientras tanto, me cuenta situaciones del trabajo que tiene que soportar todos los días. Lo mismo de siempre, pendejos competidores por puestos laborales precarios y sus jefes, mediocres merqueros, sobresaturados de pastillas contra la ansiedad.

Siento el peso semántico de las palabras que usa en su relato y la manera en cómo las acentúa. Está lleno de ansiedad y de tristeza por no encontrar un poco de paz interior.

Me dice que no le importa tener un trabajo estable pero que lo necesita para poder hacer otras cosas.

Que sueña estar tirado en una playa o nadar en una pileta. Y que es muy probable que al sol pueda encontrar un poco de tranquilidad, pero falta mucho para que eso suceda.

Hablamos de nuestra familia y lo desmembrada que se encuentra mientras pedíamos postre.

Un poco más tarde, le agradecí la salida mientras daban sala de la función trasnoche.

Sin duda, lo que más disfruté del espectáculo fue escuchar su adorable risa en la butaca de al lado.

-♥-


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