La red y yo

Mi vida era un camino sin salida, mirando a la gente pasar, agendando reuniones y contestando mails de la gente para no dejar nada atrás.

Hasta que un día ella apareció, sutil, sin hacer mucho alboroto, pero pavoneándose como si fuera la estrella del lugar… LA RED.

Al principio sentí miedo, sobre todo porque me dijo que yo era responsable de su accionar, que a partir de ese momento sólo hablaría a través de lo que yo le dijera… que no tendría contenido sin que yo la alimente.

¿Con quién hablar? ¿A quién buscar? ¿Dónde encontraría su comida para que no se quedara callada más de 24 hs seguidas?

La desesperación se apoderó de mí, nunca tuve una responsabilidad semejante, nunca tuve un papel tan cercano al escenario cibernético del mundo y representando las voces de una institución de este estilo.

Calmate me decía, vos podés hacerlo, estás en condiciones de afrontar una tarea de gran envergadura -para vos, G.G.-, pero nada hacía desaparecer el estrés de esta nueva actividad.

Hasta que vislumbré mi futuro, tomando las riendas de la expresión, de la información y su correspondiente comunicación, apoyándome en gente que ya no sólo pasaba, sino que me ayudaba a generar contenido y que discutía cuál era la mejor forma de hacerlo… sin tanta soledad.

Y partir de ahí entendí, que las cosas no pasan porque sí, sino porque tenía las capacidades necesarias para hacerlo y que la vida no me había puesto ahí, yo había puesto ahí a mi vida… que la red y yo seríamos grandes amigas.

Andrés G. Pérez Ruffa


 

Shhh…

Hace unos años.  En un día que se suponía que tenía que estar en un lugar específico, me encontré “en un bar” pidiendo, a un entonces desconocido, que me abrace mientras escuchaba los primeros acordes de una canción que no quería escuchar.

Y lo hizo; logrando, sin pensarlo, la contención que en ese momento necesitaba.

Años más tarde me encontré en el lugar inverso.

Tras haber aceptado no estar segura de volver a casa, estaba en una situación que parecía incómoda.

Sin embargo, algo me dijo: si te sentís incómoda, hacelo cómodo.

Y ahí salíó, sin pensarlo, fuera de mi boca un: Shhh…! e inmediatamente, un abrazo. En este caso, hecho por mí hacia otra persona, un entonces desconocido.

Y eso me unió a él.

Sin darme cuenta aprendí a contener. A no sentir que el otro es el que me hace algo a mí. A entender que los miedos o nervios del otro pueden ser parecidos a los míos.

Y así….te encontré.

Rory

-♥-


Denuncias ¿por bombones?

Dicen por ahí, va en realidad suele pasar, que en dos fechas del año –marzo y septiembre- se reparten bombones.

La calidad de los bombones es buena, no es increíble, pero está muy bien. Años anteriores hubo cierta dificultad con el acceso a ellos pero después de mucha gestión (léase: teléfono a ciertas autoridades, piquetes laborales, mensajes y demás) se llegó a conseguirlos.

Hoy estamos frente a una nueva crisis con los bombones. Veremos que sale de esto… miedo, mucho miedo, desesperación frente a un mundo desigual; frente a una experiencia que pretende destacar la desigualdad para nominarla, para darla a conocer o simplemente para decir que somos buenos y que estamos a favor de las causas.

Qué haremos… ¿qué haremos?

Falta coherencia en las relaciones capitalistas de dominación, los hombres y las mujeres se disputan el poder, el dolor,  la autoridad. Todo en espacio laboral.

Todo en un espacio donde se juega la lucha por un marcador, un resaltador, una tiza o un pedazo de papel. Que injusto que nadie hace su trabajo, que injusto que nadie respeta lo que debe hacer, que nadie reconoce su parte de la tarea.

Es cierto que falta la alegría, dicen por ahí que es tiempo de revolución de la alegría. Pero esta alegría, que creen que es para todos, en realidad es para unos pocos. Para unos pocos que consideran que su acción en el mundo hace y deshace.

La verdadera revolución de la alegría está en la cotidianeidad, en lo simple, en lo concreto, en lo tangible, en la caricia, en la humanidad, en un abrazo, en un beso, en una mirada o en un sostenimiento.

Está en lo real, lo verdaderamente real. NO en lo efímero que muchos creen, no en la posesión del bombón o en la posesión del marcador.

Vuelvo al inicio, todo por unos bombones. ¿Qué son estos bombones? ¿Es en el fondo la revolución de la alegría? ¿es en el fondo un reconocimiento? o simplemente es cumplir con una norma social que nos muestra más considerados y “conscientes”.

La desigualdad sigue estando y los bombones no sabemos!

Eli Martinchuk


 

H.T.

Él fumaba asomado por la ventana para no llenar la casa de humo mientras yo le hablaba con aliento a cerveza desde el sillón. Eran las seis de la mañana y el sol ya encendía las paredes de un amarillo que quemaba.
Esta vez él tiene nombre, rostro, barba, arrugas y marcas en la piel.
Le dije que hacía años que no veía una serie con alguien, que no estaba dispuesta a ningún compromiso y que hacía rato que no dejaba que nadie se acercara demasiado.
No se lo dije, pero él sabía que había llegado más cerca que nadie en años y que por esa razón le estaba hablando con toda sinceridad.
También sabía que lo que le estaba diciendo tenía el único objetivo de lastimarlo, aunque alegara que se lo decía para advertirlo.
Terminó el cigarrillo y dio por terminada la conversación. Yo no tenía mucho más que decir y él ya no quería oírme más.
Me sugirió ver un capítulo de Black Mirror. “Es un unitario”, dijo.
Él sabe hacerme reír.
No hubo tiempo para eso; se terminaba el año y se terminaba un ciclo para mí.
Dormimos mal, con calor, con resaca y la garganta rasposa de tanto fumar. Los dos. Eso supimos compartirlo.
Nos despertamos a las tres de la tarde del 31 de diciembre más caluroso que recuerdo.
Nos despedimos en la parada del 71 sabiendo que algo había cambiado. Me pidió que si decidía alejarme le mandara un mensaje para avisarle “me voy a alejar”. Me reí por lo ridículo de su pedido. Le dije que esas cosas se dicen en persona y que no iba a hacerle caso.
En algo tuvo razón, aunque no me guste admitirlo.
El último contacto que tuvimos fue un mensaje de texto que decía “feliz año” y no tuvo respuesta.

Este año su risa, sus gestos, sus marcas de nacimiento son algo que me cuesta recordar. Mi memoria es cruel. Es cruel con él. Solo recuerdo sus malas borracheras, sus faltas de ortografía, su manera brusca de hablar.
Sin embargo, esta vez, el recorte no le quita lo real. Esta vez él tiene nombre, rostro, barba, arrugas y marcas en la piel.
Esta vez él es alguien a quien voy a extrañar.

Margot


 

Ausencias y amor

El sábado fue un encuentro usual de las amigas adolescentes. Lleno de risas y charlas interminables, las amigas se disponían a armar el regalo de cumpleaños de su mejor amiga. Yo las observaba y me llenaba de su juventud.  Pero la noche que prometía ser un encuentro plagado de diversión de a poco se fue apagando. Mientras cenábamos, Carolina comenzó a sentirse mal. Estaba con mucha fiebre. Me asusté. Cuando no son los hijos de uno, la preocupación es mayor. Llamé a su madre. Le comenté lo acontecido y quedamos que venía a buscarla. La situación era extraña. Las chicas la acompañaban pero ella no estaba bien. No era solo por su malestar, algo más allá, la mirada la triste que observé desde que llegó. Durante el tiempo que demoró su mamá en venir me quedé mirando una película. Tuve una sensación extraña. Recordé el día en que mi padre murió. Me invadieron sentimientos contrariados, dolor, angustia y no podía entender porque me sentía así. Pasó un rato y vino mi hija a verme. Su cara de susto me asombró, pensé que Carolina se sentía mal. En parte era eso. Aunque había recibido una mala noticia, su abuelo acababa de fallecer. No lo pensé. Corrí hacia la habitación sin mediar palabra. Ella estaba acostada. Me recosté a su lado y acaricié tiernamente su espalda. Fue un momento en donde las tres amigas y yo nos sumimos en el profundo silencio del dolor. El amor nos rodeaba, el nuestro y el de las ausencias.

Carina Giraudo


 

La nada

 

—Buenas tardes, Mario.

 

—Bien.

 

 

 

—¿Sabés sobre esto?

 

—Un poco.

 

 

 

 —Adelante.

 

 

 

 

Bien…. Me han dicho que acá sucedían las cosas….

Acá….

Bien.

Un lugar para aislarse del mundo. Y ser uno mismo.

 

—Es acá adentro, Mario. La habitación.

—¿Puedo?

 

—Sí.

 

 

 

 

Dos mesas. Una silla. Un espejo. Un lugar para aislarse del mundo.

 

 

—Vas a quedar adentro. Adiós.

—¿Qué hago?

—Adiós.

 

 

Las paredes, arriba, abajo, rosa. Todo es rosa. Dos mesas y una silla, sujetas al suelo, y un espejo. Mesas rosas, y la silla.

Me siento —sobre la mesa— y observo. Una figura arriba. Como una boca pero apenas se esboza.

Me paro sobre la silla… ¡y grito!

Salto…. Salto…. Salto…. Salto —y Grito—… y Corro.

 

 

Estoy solo.

 

 

 

Miro arriba y una boca. Sus labios. El espíritu de sus labios.

Pero no sé. Si está o no está. O yo lo veo.

 

¡No estoy solo!

Me siento visto no hay nadie pero no sé. Hay alguien. Cierro los ojos y lo siento.

Es rosa todo lo que veo y yo me siento rosa. Y cuando cierro los ojos siento un alma que me mira y me muestra su boca. Es un alma blanca. Y me olvido del rosa y solo entiendo el blanco del alma —no sé—.

Estoy exhausto. Solo quiero dormir y amanecer lejos. Lejos de todo. Lejos de mí mismo. Quiero ser el alma blanca. Y no sentir el peso.

 

—¡Listo, Mario!

 

 

 

—¿Qué es esto?

 

 

 

—Esto no es nada.

 

 

—¿Qué quieren de mí?

 

 

 

Marcos


Carta Documento

AVELLANEDA, 29 DE MARZO DE 2016. QUE CON FECHA 25 DE MARZO DEL CORRIENTE PROCEDÍ A COMUNICARLE A UD. (MI MADRE) MI DIVORCIO DE EZEQUIEL CONFORTI, QUE SU RESPUESTA FUE UN REPROCHE SIN IMPORTARLE A UD. QUE EL MOTIVO DE TAL HECHO FUERA LA FALTA DE AMOR HACIA DICHO INDIVIDUO. DICHA ACTITUD Y OTRAS TANTAS DE MISMA ÍNDOLE DAÑAN EL AUTOESTIMA DE QUIEN SUSCRIBE POR LO QUE A TRAVÉS DE LA PRESENTE SOLICITO DEPONGA SU ACTITUD HOSTIL Y PROCURE FERVIENTEMENTE BRINDAR AMOR, CONTENCIÓN Y COLABORACIÓN A MI PLENO Y FELIZ  DESARROLLO, DADO QUE SENTIRME QUERIDA Y ACOMPAÑADA POR UD. ES UN COMPONENTE DE LA VIDA AFECTIVA ENTRE INDIVIDUOS CON INCIDENCIA DIRECTA EN MI CALIDAD DE VIDA, SALUD Y EMOCIONES, TODO ELLO AL MENOS ATENTO LOS VÍNCULOS SANGUÍNEOS QUE NOS UNEN.// NO HABIENDO OBTENIDO A LA FECHA DISCULPA ALGUNA INTIMO A UD. PLAZO IMPRORROGABLE DE 48 HS. CESE SU CONDUCTA. TODO ELLOS BAJO APERCIBIMIENTO DE LOS DERECHOS NORMADOS POR LEYES DE INTEGRIDAD FÍSICA, EMOCIONAL Y AFINES DE SALUD MENTAL. SIN PERJUICIO DE RECLAMAR LOS DAÑOS Y PERJUICIOS QUE SU CONDUCTA PUDIERA IRROGARME A FUTURO, COMO ASÍ TAMBIÉN LA CORRESPONDIENTE DENUNCIA ANTE EL FUERO PENAL EN SU CONTRA. HAGO SABER QUE DEBERÁ EXPEDIRSE EN 48 HS. SOBRE LA PRESENTE INTIMACIÓN CURSADA POR ESTE MEDIO, BAJO APERCIBIMIENTO DE TOMAR SU SILENCIO COMO NEGATIVA A LO PETICIONADO, CORRIENDO UD. CON LAS CONSECUENCIAS QUE ELLO IMPLICA. RESERVO DERECHOS. QUEDA UD. DEBIDAMENTE NOTIFICADA.
MARLENE BONNET
DNI 11.222.333


Medicina alternativa

Con angustia, ansiedad y algunas pesadillas a cuestas llegué improvisadamente a una escuela homeopática que una amiga de una amiga me recomendó una vez.

Una mujer había faltado a su primera consulta y su turno me fue ofrecido. La secretaria de la institución me anunció y enseguida me llamaste desde uno de los consultorios.

Me sorprendiste desde el momento uno, cuando oí tu voz masculina; en el momento dos, al percatarme que además de hombre, eras joven y atractivo, desde mi singular punto de vista.

No logré sostener esa primera mirada y pestañeé. Un cuarto de segundo después vos hiciste lo mismo por acto reflejo. Para vos y para mí todo se congeló por más de tres cuartos de segundo.

Sentí pudor de enamorarme de un desconocido, y pánico de imaginar que podría hacerse realidad. A los 600 segundos ya sabías más de mí que mi pareja.

Mientras vos avanzabas con tu cuestionario de primera entrevista, yo (ruborizada) expuse todos mis miedos y mis fantasías. Nunca me contaste que pasaba por tu mente en aquella performance debut.

Te confesé que descartaba la homeopatía como solución a todos mis males y muy rápido pensé que solo tu presencia podría terminar con ellos.

Nos vimos durante aproximadamente 31.536.000 segundos, un año para ser más precisa, y en aquel tiempo mezclaste las pócimas del arte de curar, según tus conocimientos, con besos y tardes o noches de sexo.

Me sentí única en tu vida y otras tantas como prueba de quien efectúa muchas pruebas para un experimento no tan trascendente para la humanidad.

Todo se desvaneció como aquel polvito blanco que me recetaste diluir en agua mineral y tomar de a sorbos.

Nunca supe por qué fui tan feliz en esa primera y última vez que te vi.

Marlene Bonnet


 

San Valentin de Or(t)o

No comienza aún el mes de febrero y ya, todos los comercios te recuerdan que el puto 14 de febrero es el putísimo y mal parido día de San Valentín, mejor conocido en Argentina como Día de los Enamorados.

Celebración berreta por excelencia, diseñada para aquellas parejas con necesidad de limpiar pecados cometidos fuera del vínculo. Los hombres compran a su media naranja un regalo ostentoso: joyas, ramos de flores kilométricos, ropa interior sexy, viajes, bombones, cenas románticas a la luz de las velas…..bien oscurito. Cuanto mas oscurito mejor, así ella no ve nada y menos que menos los defectos de su amado.

Y así, después de sorprenderla, de llenarla de obsequios y de embucharla bien por todos los huecos posibles, terminan la velada sintiendo que cumplieron el objetivo propuesto por los Amigos del Norte y que ante la sociedad son una pareja indiscutida y respetada.

Aunque lo que describo en el párrafo de arriba puede sonar no muy entusiasta, para las personas que buscamos un verdadero encuentro romántico (y que no necesariamente siga las normas protocolares del festejo) ese puto día nos recuerda cuán solos estamos.

Y con solos no me refiero a solos en el mundo. No quiero menospreciar el cariño que día a día nos brindan nuestros amigos, familiares, mascotas, plantas y libros. Me refiero a ese espacio vacío en el corazón que ansía ser compartido con la presencia de alguien que nos pregunte cómo estamos, que nos invite a vernos alegremente hermosos y nos provoque una sonrisa cómplice. Ese tipo de compañía significativa en nuestra cotidianidad. Tan simple y tan difícil de lograr al mismo tiempo.

Y llega éste día y todo se va al carajo. Uno se nubla. Empieza a envidiar lo que no tiene, lo que nunca quiso tener. Buscamos distraernos, armar planes divertidos con otras personas que están en la misma que nosotros mientras recapitulamos en nuestra cabeza los distintos hechos que nos llevaron a estar en este estado. Estado civil: acompañado pero solo, soltero, separado, divorciado. Excluyentes para celebrar este día por no estar enamorados de otra persona.

Si estamos enamorados de nosotros mismos, no negociamos ni tranzamos con nadie. Podemos sentirnos reconfortados. Respirar profundo, ponernos los auriculares con la música que nos gusta y salir a celebrar el día con algunas de las cosas que más nos gustan sin tener que compartir el postre con nadie.

Pepitas


Anaranjado atardecer

Mis besos preferidos siempre fueron los de naranja, al atardecer. Esa es la frase que usé para que me besara. Por una vez quise ser tímida, no dar el primer paso y apelé a seducirlo con una imagen de verano.

Fue todo un trabajo de táctica y estrategia mucho más complejo que robar un beso de repente confiando todo al efecto sorpresa. El plan fue un éxito.

Empezó con unas charlas por chat a la madrugada. Charlas cortas y alegres, unos chistes y dejo de contestarle. En el tercer chat le hago saber que estoy cuidando la casa de una amiga, que tiene una terraza espectacular, llena de plantas y que las paredes blancas se tiñen de naranja al atardecer.

Después, la invitación, con una excusa concreta que además parecía casual. Mi prima organiza una feria americana en su casa. Está vendiendo su colección de libros, discos y baratijas porque se va de viaje sin fecha de regreso. Es la oportunidad perfecta para comprar cosas bien copadas a buen precio (sí, bien copadas).

Le va el plan, de una.

La casa de mi prima está a diez cuadras de la casa de terraza espectacular.

Nos encontramos a las siete de la tarde, cuando el calor empieza a bajar. Nos saludamos con un beso en la mejilla, sonrisas grandes y risas nerviosas. Quiero que se dé cuenta de que estoy nerviosa y de que me río de sus chistes con intención (¿intención de qué?).

Paseamos entre las cosas de mi prima. Por suerte ella salió y está su novio a cargo de las ventas. Eso me da la oportunidad de verlo interactuar con otro hombre que sé que es un chico bien: lindo, de apariencia cuidada pero con mucha onda, estudiante de cine, amante de la música indie. Superficial, sí, pero no en exceso, cada tanto tira alguna idea interesante. Hablan de los discos y los comics que todavía no vendieron. Pasa la prueba y hasta tiene oportunidad de recomendarle una película que el estudiante de cine no conoce y que seguro le va a gustar. Compra una remera de Sonic Youth y una cafetera retro que no anda del todo bien.

Salimos y logro que me acompañe hasta la casa. Lo invito a tomar un campari en la terraza.

Los hielos se terminan de derretir justo cuando el sol cae y las paredes cambian de color por unos minutos. “Mis besos preferidos siempre fueron los de naranja, al atardecer”, le digo y dejo que llegue el silencio, pensando que lo que dije no tiene mucho sentido. No lo tiene, pero logra el efecto esperado. Me besa despacio. Nos besamos.

Ya no sabemos qué decir.

El sol termina de irse y empieza a llegar una noche fresca, en blanco y negro. Aunque hay pocas nubes en el cielo y se ven las estrellas cada vez más brillantes, me dice que prefiere irse para que no lo agarre la lluvia porque está en bici. Bajamos las escaleras en silencio. Prometemos vagamente vernos pronto y volver a tomar tragos en la terraza.

Vuelvo a subir, campari en mano. El cielo está limpio y la luna redonda y blanca como nunca. No puedo terminar mi trago. Lo amargo del pomelo me pone la piel de gallina de solo pensarlo. Empiezo a dormirme mirando el cielo, sintiendo el olor penetrante del pomelo, y pensando de lejos que aunque mañana él no va a estar, por lo menos, el atardecer en la terraza va a teñir las paredes de naranja por unos pocos minutos otra vez.

Margot


Secuela

En enero me deprimo, así de simple, le digo a mi amiga por teléfono cuando está a punto de comenzar el sermón. Con esto la calmo. Mi determinación la abruma pero comprende. No hay nada que hacer.

Pienso en que nada de nada, absolutamente nada puede sacarme del estado patético en el que me encuentro.

¿Por qué dormís tanto? Porque quiero volver a soñar, respondo. Pero ni sueño, ni duermo…. Hasta que decido tomar ese 0,5 que tan bien me hace cuando estoy así. Iracunda, foránea. Entonces me duermo, y quiero ser consciente de que lo estoy logrando; eso dificulta que finalmente me duerma, claro. Entonces me reto. Me tranquilizo, respiro. Permanezco enojada el mismo tiempo que dura la pastilla en hacerme efecto. Distribución. No cuento ovejas, no me gustan. Tienen un olor que invade toda mi habitación. Los olores en mi habitación suelen perdurar por horas, días, meses, incluso años. Ese rincón de allá, esa silla en la que se sentó mi abuela, todavía conserva su olor. Así es imposible hacer un duelo. Imposible.

Me despierto y recuerdo. Lo recuerdo con lujo de detalles, busco el teléfono, ¿Dónde está el puto teléfono? No llego a escribir, tengo que grabarlo. No, mejor lo escribo y que quede lo que quede. Es el día más feliz de mi vida desde que sé que me queda -como a todos- poco tiempo de vida: volví a soñar.

Voy por un camino de tierra seca y dos linyeras vienen hacia mí. Es de noche y la vereda no se distingue de la calle. Levanto del piso una piedra fría y erosionada que me ocupa toda la mano. Presiento que me van a robar. Unos pasos atrás, dos mujeres me escoltan, atentas a mis órdenes. 

Uno de los linyeras, el de pelo oleoso y largo, me arrebata la billetera de la mano. La impotencia me hace temblar y me deja sin voz. Pretendo golpearlo con la piedra pero me arrepiento y la dejo caer. Él no me había lastimado. 

Continuamos camino al hotel. Llegamos cansadas y explicamos al conserje lo que nos había pasado. “Me hurtaron”, digo en plena conciencia de la diferencia entre robar y lo que me hicieron. Ellos deben hacerse cargo, explico a mis escoltas. El conserje disiente pero nos invita a pasar la noche en el hotel. “Los caminos son negros e inseguros en Mayo”, advierte, y decidimos quedarnos. 

Miro por la ventana de mi habitación hacia abajo. El patio es una gran piscina de agua verdosa con  luces de fondo. Se preparan para una gran celebración. Todo es agua. Las galerías en arcada que rodean la piscina son coloniales y las marquesinas azules en el borde de la pileta separan el agua de la cerámica antigua.

La comida al ras del agua está exhibida en una mesa larga en el centro de la piscina. Es abundante y sofisticada. Los mozos sirven en bandeja delicias en tubos de ensayo y champagne. Van llegando los invitados, huéspedes del hotel, que visten de gala y entran a la piscina. Ríen, comen, eructan y brindan con los tubos de ensayo repletos de comida celular. Tengo hambre pero no puedo bajar a la fiesta sin billetera.

Dos mujeres jóvenes toman un trago rosa y me ven desde un rincón de la piscina. Se burlan y me animan a bajar a la fiesta, decido entrar. Busco un tubo de ensayo con salsa boloñesa pero los mozos pasan de largo cuando intento agarrar uno. Me ignoran, me esquivan, me angustio. Tengo hambre y la boca seca de tanta tristeza.

DR y AB están en la piscina. Son quienes se burlaban de mí, resuelvo sin entender por qué están allí después de tanto tiempo de haber terminado el colegio. Se ríen al verme. “Estás empapada”. AO también está en la piscina. Ahora él es su amigo y me mira con lástima. “No pude resistirme”, se disculpa tomando a DR por la cintura. AB lo besa.

Intento llegar a la mesa pero cada vez hay más y más gente. Me tropiezo, me levanto, me llevo por delante a los mozos, las bandejas. Se enojan conmigo y me levantan de un brazo. El agua es espesa, cada vez más espesa. Estoy desorientada y las luces me desconciertan.

Una chica me toca el brazo y me pregunta si sé o no qué es lo que soy. Toma un tubo de ensayo con salsa boloñesa y lo alza sonriendo antes de tragarlo sin pausa. “A tu salud”. Todos se ríen. “¿Y la respuesta?” No doy ninguna respuesta. Intento explicar qué es lo que siento y lo que me pasó, pero las miradas foráneas me paralizan. Todos se están riendo y no hay más que callarse y esperar. Golpeo el agua con la mano y lloro.

Pasa delante de mí un chico de remera celeste con un tatuaje en la nuca: “Secuela”. Vuelve hacía mí, me dice que está que no da más de amor y sigue de largo. Intento seguirlo, es la única persona que me habla de amor, pero es imposible moverme. El agua es muy densa. Quiero salir, necesito irme. Hago fuerza con las mandíbulas y no consigo más que arrastrarme muy lento sobre la superficie.

Desde la ventana de mi habitación escupo y salpico a la gente. Ya no estoy triste y veo extranjeros por todas partes. Es una gran fiesta pero no hay lugar para mí. Comprendo que sin mi billetera lo único que puedo hacer es observar. Lloro otra vez y veo cómo las lágrimas se juntan con el resto del agua. 

Vanesa Diambra

Autora de: “DEL OTRO LADO DEL GUARDARROPAS”, Ed. Pánico el pánico-Libros.


Sanmartineándome

De esta historia me llevo bastante basura, de esa que me hace pensar que el amor no existe.

Por suerte siempre aparece alguna historia de amor cercana que me hace volver al camino, volver a sentirme Julia Roberts diciendo “Tan solo soy una chica delante de un chico pidiéndole que la ame” en Notting Hill. Para ser sincera, yo me siento más Hugh, cansado pero esperanzado cuando le van pasando las estaciones mientras él camina en el Portobello Market.

En algún momento decidí que mi vida debía tener esa escena: todos los sábados en el Mercado Central, despojado de todo acento inglés, yo me muestro muy Hugh. Sin embargo recuerdo el día que me sentí San Martín, liberándome de un amor que sólo me interesaba a mí.

Un día, cansada de tus desplantes de madrugada, de los llamaditos de tu novia, de tus mentiras que no paraban, de tus ataques de celos y de los míos también, quise ser buena. Sí, antes de sentirme San Martín, quería ser la Madre María Teresa de Calcuta…bah, mi intención era más de María Magdalena.

Copada te dije: “¿Te llevo a tu casa?” incluso desviándome más de 50 cuadras. Mientras te llevaba hasta Palermo, vos criticabas mi manera de manejar porque vos, además de estupidez, tenías altas dosis de machismo. Me contabas una historia de ir a tu pueblo para una reunión, se me metió en la cabeza en un segundo que te comprometías.

Un par de cuadras más y algunas respuestas tuyas pisándote, el compromiso campesino ya era un hecho. Me comí a propósito una loma de burro así te golpeabas la cabeza pero la violencia no es lo mío y el manejo mucho menos.

Me costaba tanto responderte sin parecer una loca, sin demostrar cuanto me dolía haberte perdido (o no haberte ganado) y que no iba a llegar, al menos con vos, a los finales felices de mis comedias románticas favoritas.

De pronto, recordé tu miedo a la inseguridad en la ciudad, a que no te roben la palm. A mí me daba más miedo no poder sacarte de mi cabeza, me daba miedo que puedas continuar tu manipulación pos-casorio. Uff, cuán vulnerable me sentía cuando me buscabas y yo respondía como vos querías. Me dejaste algunos temas para el diván pero yo te dejé asustado a las doce de la noche en Plaza Miserere.

Maribarbola


 

Té frío para el reencuentro

Ayer te reencontré físicamente después de mucho tiempo. No fue sólo el tiempo que había pasado (9 días, 18 horas y 24 minutos) que no te había tenido. Te redescubrí después de siglos y a pesar de nuestro escueto encuentro me tomé el tiempo para ponerme al día.

Tal como mi protocolo lo indica, el rendezvous no puede pasar desapercibido si no se cuenta con una bebida y un plato acorde a la situación: té frío de Flor de Jamaica (flores de Jamaica infusionadas en agua hirviendo, 2 ramas de canela, 3 rodajas de limón, azúcar a gusto ) y un budín de nuez me parecieron el marco perfecto para las charlas preliminares.

Cuando no aguanté más tenerte en frente y tocarte a cuenta gotas, fui al baño y en un acto de arrojo salí con menos prendas de las que llevaba. Permanecí en la habitación y te hice cariñosas señas invitándote a pasar. Estuvimos en la cama con la excusa de una dudosa cura de reiki que le hice a tus pulmones.

Tomé las riendas de la situación y me regalé un tiempo para recorrerte, a mi manera, mis manos oficiaron de ojos para evitar mirarte directamente y avergonzarte.
Aún puedo sentir la sensación de tu piel extremadamente suave en la yema de mis dedos. Lo noté, te lo hice saber y me preguntaste: está mal que sea suave? 
Suave tu piel, suaves tus formas. Ambas me fascinan.

En algún momento temí que no seas tan carnal como yo. Son pocos los momentos que pudimos compartir juntos hasta hoy y a partir del día en que la ansiedad nos ganó,  atravesamos la barrera de lo físico y fue un camino de ida.
Sin embargo vos estas pendiente de otros detalles. Sos sumamente espiritual.

¡Qué bueno que cada uno pueda conocer al otro a su medida!, suspiraste y exclamaste a los cinco minutos de que habíamos terminado de hacer el amor y mis facciones habían cambiado completamente. No estoy acostumbrada a un hombre así, te dije.

Y por tu cara dubitativa proseguí: usualmente los hombres me quieren coger. Con vos estoy sintiendo que tu valor hacia mí pasa por otro lado y te tiene sin cuidado el hecho que sea taza 80 o 105. De todas formas, es algo a lo que no estoy acostumbrada. Mientras, recordaba a todos aquellos compañeros sexuales que se habían alimentado de mi cuerpo en los últimos meses.

A pesar de que no podía soltarte te dejé ir. Debías volver a tu trabajo. Mientras te ponías las zapatillas al borde de la cama te abracé con mis piernas, te tiré para atrás con fuerza y como buena ejecutora de lucha libre exclamé: ¡Ésta soy yo!

Inmediatamente después te besé y se escuchaban los estallidos de mis labios contra tu piel. Te llené de besos, de esos que me gustan a mí y te solté. Nos despedimos amorosamente desde la ventanilla de tu auto a medio bajar (la puerta está rota) y me dijiste al oído: ¡Tenes unas tetas preciosas!

Pepita

Sin prisa

Un lector relativamente entrenado podría dar cuenta de los fascículos que componen nuestra historia en apenas un par de noches. Pareciera ser que las cosas que hemos vivido, acumuladas narrativamente, no han sido tantas.

Sin embargo, nuestra historia se extiende por años; no quiero calcular cuántos, pues temo que comencemos a sentirnos un poco viejos. Alcanza con que tengamos claro que esos años han sido muchos. Me doy cuenta ahora de que el tiempo que pasó entre evento y evento –todos esos días en los que ni nos cruzábamos ni sabíamos nada el uno del otro– también fue tiempo que compartimos.

Nos conocimos en la oficina, un jueves de mediados de agosto. En mi recuerdo, aparecés como un estudiante de contabilidad que usaba camisas a cuadros y sacos muy pasados de moda para aparentar más edad. Ibas de acá para allá con un portafolios desvencijado que –según me confesaste después– supo ser de tu padre.

Yo me vestía casi siempre de negro, usaba anteojos de marco grueso y me ataba el pelo con un rodete. Vos te demorabas frente a mi escritorio cada vez que podías, haciéndome consultas innecesarias sobre trámites y papelerío. Yo me preguntaba si lo hacías a propósito.

Pasaron algunos años. Vos terminaste tu carrera. Yo ascendí de puesto y empecé a trabajar en otro piso. Desde el momento en el que nuestra cotidianeidad disminuyó, los eventos laborales –esos que se dan cuando sucede algo que la empresa considera lo suficientemente relevante como para agasajar a los empleados con sanguchitos de miga y gaseosas– se convirtieron en nuestro principal territorio.

Allí, en medio de esas reuniones, nos buscábamos, nos encontrábamos y nos quedábamos conversando hasta que nos echaban los de conserjería. Sentíamos que era el único momento en el que podíamos hablar a la vista de todos los demás sin generar comentarios. O, al menos, sin generar demasiados.

Pasaron algunos años más. Fuimos renovando nuestros guardarropas. Tus camisas a cuadros dejaron lugar a las chombas, y éstas, a las remeras. Yo fui incorporando blusas de colores y polleras floreadas. Cuánto más grandes estábamos, más juveniles se iban volviendo nuestras vestimentas.

Un martes de fines de marzo me invitaste a tomar un café. Fue nuestro primer encuentro fuera de la órbita del trabajo. Me asombró constatar que teníamos un montón de recuerdos en común. Hablamos de películas y de comidas. A pesar de nuestra formación contable, planeamos ambiciosos proyectos literarios que algún día habremos de concretar. Cuando se hizo tarde, nos despedimos con un abrazo.

Pasó otro año, o algo así. Me fui dando cuenta de que nos importaba cada vez menos que nuestros compañeros nos vieran hablando en la oficina.

Un domingo de principios de enero, sin previo aviso, te apareciste por mi casa. Te abrí con el botón del portero eléctrico. Escuché el ascensor. Dejé entreabierta la puerta y te esperé sentada en el borde de mi cama. Entraste y viniste directamente al cuarto, como si ya conocieras el departamento. Te sentaste al lado mío. Me sacaste los anteojos con delicadeza para poder verme antes de besarme.

Johann Sebastian