Flequillo recto

Viniste a casa para cortarme el flequillo. Tocás el timbre a las tres de la tarde, te abro la puerta y nos saludamos con un beso en el aire sin rozarnos las mejillas, menos los labios. Tampoco nos abrazamos ni nos preguntamos cómo estamos.

Pasás y dejás tu mochila sobre el sofá. Hace mucho calor y el ventilador de techo está en su máxima velocidad. El aire caliente me pesa. Te pregunto si querés jugo, aceptas y me agradecés.

Voy a la cocina. Saco los hielos de la heladera y me pedís que me humedezca el pelo. Desde donde estoy no te escucho hacer ningún ruido. Te alcanzo el vaso de jugo y cuento los sorbos largos que das. Me mirás fijamente y reiterás que me moje el pelo.

Lo hago y vuelvo. En la mesa dejaste cinco libros apilados de varios filósofos contemporáneos, una tijera profesional de peluquero y un peine fino. Me pedís que tome asiento y yo lo hago. Registro mis manos húmedas y mi postura corporal bastante más erguida que de costumbre.

El calor empieza a tornarse intolerable. Te desabrochas la camisa. Te parás delante de mí  y lo último que veo, antes de cerrar los ojos, es un faro y debajo el nombre de tu mujer inscripto en tu pecho.

Me cepillas el pelo. Cuidadosamente separás la cantidad necesaria para hacerme el flequillo del resto. En ese momento me acuerdo la primera vez que estuvimos en mi cama desnudos y en silencio. Me acuerdo que no pude evitar decirte te amo.

Dejás el peine y agarrás la tijera profesional de peluquero. Sin prisa, usas tus dedos índice y medio para medir el largo del flequillo. Antes de cortarme me acuerdo que ésa vez te levantaste de la cama y atendiste el llamado urgente de tu mujer. Sin resistencia de tu parte le dijiste que ibas a su encuentro.

Mientras te vestías me dijiste que me amabas. Enfurecida, agarro tus cosas y las tiro afuera de mi casa. Te grito pero no lloro. Te pido que te vayas. Te exijo que muerdas a tu mujer, te ordeno que chupes su sexo hasta que tu lengua esté totalmente acalambrada.

Repetís la operación, me cortas el pelo dos veces más hasta emparejarlo. Me decís que terminaste y abro los ojos. Te abrochás la camisa y solo guardás la tijera y el peine. Mirás por última vez mi flequillo y te vas.


 

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